jueves, 14 de junio de 2018

Cuentos de siempre, "curioso".


Caperucita, ilustración holandesa de 1868

Quién de nosotros, o de nuestros pequeños, no ha oído hablar de Caperucita Roja,  El Patito feo, Blancanieves y los siete enanitos, Hänsel y Gretel, El gato con botas, Cenicienta… y así hasta completar una larga lista de cuentos infantiles que han logrado, y logran, hacernos pasar horas de entretenimiento, curiosidad e ilusión. Pero ¿cómo nos ha sido posible conocer estos relatos? Contestar a esta pregunta requiere mencionar a Charles Perrault, Los hermanos Grimm y Hans Christian Andersen.

Empecemos por el primero de los autores citados, Charles Perrault, fue un funcionario y escritor francés del siglo XVII, formado en leyes y lenguas muertas, famoso por recopilar una serie de cuentos de tradición oral o descritas por otros escritores como Giambattista Basile (colección de cuentos llamada “Pentamerone”), entre ellos, Perrault llevó al papel:  Caperucita roja, La bella durmiente, Cenicienta, El gato con botas, Pulgarcito… En sus "Historias o Cuentos de antaño", más conocido como "Los cuentos de mamá Gansa" (por la imagen que ilustraba su cubierta), se encuentran la mayoría de sus cuentos más famosos. Como curiosidad, decir que Perrault añadía a sus relatos paisajes que le eran conocidos, como el Castillo de Ussé para el cuento de La Bella Durmiente, y moralejas al final de cada cuento (tener en cuenta que son historias que tienen por fin aleccionar a la sociedad sobre lo que está bien y lo que está mal, de ahí premiar o castigar).
Los hermanos Grimm, Jacob y Wilhelm, filólogos y folcloristas alemanes de finales del siglo XVIII y primera mitad del XIX, deciden recopilar una serie de cuentos de tradición oral local con el fin de preservar la cultura alemana, con ese propósito, entre 1812 y 1822, publican una colección de cuentos: “Cuentos infantiles y del hogar”, ampliada en 1857 en “Los cuentos de hadas de los hermanos Grimm”. Estos cuentos han servido para difundir y conocer historias tan famosas como son Blancanieves y los siete enanitos, Hänsel y Gretel, El lobo y los siete cabritillos, La Cenicienta, La bella durmiente, Juan sin miedo, Caperucita Roja, Verdezuela (Rapunzel), Rupelstikin… Una característica de los cuentos recopilados por los Grimm es que preferían los finales felices, algo que Perrault no tenía en cuenta, y utilizaban fórmulas de inicio y final, por ejemplo, el famoso comienzo “Érase una vez o Había una vez”.

Y para concluir, Hans Christian Andersen, autor danés del siglo XIX, imaginó obras como La sirenita, La pequeña vendedora de fósforos, Pulgarcita, El patito feo, El soldadito de plomo, La princesa y el guisante…, narraciones que irán saliendo a la luz a partir de la primera colección de sus “Cuentos contados a los niños”. Una costumbre de Andersen fue la de narrar de su propia voz sus cuentos. Su inspiración para escribir sus relatos le venía de sus experiencias particulares, aunque tampoco desdeñaba indagar en las fuentes de la tradición popular o narraciones mitológicas alemanas y griegas. Sus cuentos se han traducido a más de 80 idiomas y han sido adaptados a obras de teatro, ballets, películas... Actualmente el premio más importante de literatura infantil y juvenil lleva su nombre.

Como se habrá podido observar, hay cuentos mencionados que   tienen doble autoría, tal es el caso de Cenicienta, Caperucita roja o La Bella durmiente, y ello es debido a que, tanto Perrault como los hermanos Grimm, bebieron de las fuentes tradicionales para hacer su colección de cuentos y no los idearon. Ahora bien, sí que hicieron sus propias versiones, entre otras cosas, porque las adaptaron a su tiempo. Veamos este asunto con ciertos ejemplos: 
Caperucita Roja: en el cuento tradicional se narra que el lobo invita a Caperucita a comer sangre y carne fresca (la de la abuela despedazada), hecho que tanto Perrault como los Grimm eliminan de sus versiones, sin embargo, Perrautl mantiene una escena lujuriosa en la que el lobo invita a Caperucita a meterse en la cama con él, además de no suprimir el final trágico de la abuela y de la niña en la panza del lobo; en la versión de los Grimm se descarta la escena de cama y añaden un personaje a la historia: el leñador, que será quien salve a la abuela y a Caperucita de morir a manos del lobo y de al relato un final feliz. 
Cenicienta: en este cuento será Perrault quien cambie el zapato de piel de animal de la tradición oral por el de cristal y añade el hada para ayudar a Cenicienta (posiblemente detalles más al gusto de la corte francesa, para la que trabajaba); en la versión de los hermanos Grimm no hay hada, sino un árbol y en él un pajarillo que concede deseos (más afín a la tradición germánica), y en vez de un zapato de cristal uno de oro que incitará a la madrastra a proponer a sus hijas algo tan macabro como pueda ser cortarse los dedos del pie, a una, y el talón, a otra, para que el zapato les entre y puedan casarse, una u otra, con el príncipe (cosa que no consiguieron a pesar de todo), además, los Grimm añaden un violento final en el que las hermanastras quedarán ciegas al picarles unas palomas los ojos por malvadas.  
Y así podríamos seguir con el resto de los cuentos adaptados, con una forma de contarlo según Perrault o según los Grimm, eso sí, sin que la esencia del cuento se perjudicara por ello.

Y colorín colorado esta entrada se ha acabado y espero que os haya gustado.
©M. Carmen Rubio Bethancourt


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miércoles, 21 de febrero de 2018

El narrador del relato, ¿cuál es más útil a nuestra obra?

Niña leyendo, Renoir.
Cuando tenemos intención de escribir una historia, una de las primeras cuestiones que nos planteamos es qué tipo de narrador utilizaremos para hacerla llegar a los lectores. Uno de mis narradores preferidos es el narrador protagonista, porque, desde mi punto de vista, mantiene con el lector una relación íntima que hace muy fácil introducirlo en la trama como una especie de confidente, pero también tiene sus inconvenientes, entre otras cosas, no puede abarcar cualquier situación a no ser que la vea, la escuche o se la cuenten. Sin embargo, estas carencias se pueden suplir utilizando otro tipo de narradores que a continuación, y en líneas generales, voy a comentaros.
Según creo conocer, entre los tipos de narradores están los que no forman parte del relato (extradiegéticos o externos) y los que tienen que ver con él (diegéticos o internos).

Atendiendo al primer tipo, narradores externos:
-Narrador omnisciente: conoce todo sobre la trama: personajes, situaciones, hechos, incluso, cómo piensan y sienten. Utiliza la tercera persona gramatical. Ejemplos hay muchísimos en la literatura, tal es el caso de obras tan famosas como “La Regenta” de Clarín o “Ana Karenina” de Tolstoi.
-Narrador equisciente: Conoce la historia, pero desde el punto de vista de un solo personaje del que sabe todo. Utiliza la tercera persona. Es un estilo muy utilizado en las novelas de suspense o policiacas, ejemplo de ello lo tenemos en relatos como los de Agatha Christie
-Narrador deficiente u observador: se limita a narrar los hechos en tercera persona, no se implica ni puede acceder al mundo interior de los personajes, actúa como una cámara de vídeo, captando todo cuanto ve sin más; muy utilizado en el estilo periodístico o de informe. Ejemplo, “La Colmena” de Cela

En cuanto a los narradores internos o que son parte de la trama (protagonistas o personajes):
-Narrador protagonista: cuenta los hechos que le suceden y son causa de la historia; utiliza la primera persona. Su punto de vista es único, por lo que desconoce lo que siente el resto de los personajes a no ser que lo vea, escuche o se lo cuenten, es conocido como narrador autodiegético. Ejemplo de ello lo tenemos en “Matar a un ruiseñor” de Harper Lee o “El guardián entre el centeno” de Salinger.   
-Narrador secundario o testigo: no es protagonista, pero forma parte de la historia y cuenta lo que sucede a los personajes. Se le conoce como narrador homodiegético. Generalmente utiliza la primera persona para contar los hechos, pero también puede utilizar la tercera. Las novelas de “Sherlock Holmes” de Conan Doyle, descritas por el doctor Watson, fiel compañero del protagonista, son una buena muestra de este tipo de narrador.
-Narrador en segunda persona. Por lo general, tiene que ver con la trama. Es fácil identificarle porque se dirige al lector, de tal forma, que parece que éste tenga que ver con cuanto ocurre. Un buen ejemplo es la novela “Cinco horas con Mario” de Miguel Delibes.

Y para concluir, añadiré que hay relatos en los que podemos observar la alternancia de narradores, por tanto, es una posibilidad a tener en cuenta a la hora de elaborar nuestra historia; la novela “Los pacientes del doctor García”, de Almudena Grandes, es un modelo de este tipo de narración.
Espero que el artículo os haya gustado y os sea útil.
© 2018, M. Carmen Rubio Bethancourt

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lunes, 29 de enero de 2018

La caja, relato (2ª y última parte)

Como anticipé en la anterior entrada, aquí va la segunda parte del relato. Espero os guste.
L' Hermitage Pontoise, Pissarro.
La caja
(2ª y última parte)
Al día siguiente Diego volvió al camino, solo, decepcionado, soportando el frío de la mañana y la tristeza de saber que para él todo seguía igual. ¿Por qué no asumiría él aquel extraño encargo?, se preguntaba y se maldecía a sí mismo por no haberlo hecho. Entre pensamiento y pensamiento, los dos caballeros, tal como habían quedado con los muchachos, se presentaron ante Diego. 
—Buenos días, chico, ¿qué tal?  —saludaba, como la mañana anterior, el hombre alto al joven con toque de sombrero que imitaba el señor bajito.
Diego se quedó inmóvil, sorprendido, pues aquellos hombres aparecieron de la nada, tal cual ocurriera la jornada anterior.
—¿Y tú compañero? —le preguntó antes de dar tiempo a Diego a contestar nada.
—Mi compañero… —respondía el joven con una cierta ironía en su voz— ¡Ja!, se ha largado con su caja.
—¿La abrió? —preguntó el otro señor sin parecer sorprenderse ante dicha información.
—Por supuesto, no ve que no está aquí —se mostraba Diego algo irascible—. Se ha quedado con sus dichosas monedas de oro.
—¿Y tú no tomaste una de ellas? —indagaba con cara de viejo zorro el hombre bajito.
Diego quedó dubitativo, sin saber cómo contestar, pues su compañero no  compartió las monedas, pero él las quiso; descubrir este último detalle no le convenía, hubiera supuesto dar a conocer su lado mezquino, así que cambió su versión.
—Bueno, yo no deseaba entrar en esa pillería, señor.
—Me alegra saberlo, muchacho, muy bien —apoyaba el hombre alto la postura tomada por el chico—. ¡Lástima no poder toparnos con ese sinvergüenza!
—Bueno, señores, en eso quizás yo pueda ayudarles.
Los caballeros se miraron con complicidad, acto seguido se dirigió el señor bajito a Diego.
—Bien, pues dinos.
Diego no se lo pensó dos veces y comenzó a dar toda la información a aquellos enigmáticos caballeros que escuchaban sin la más mínima señal de sorpresa.
—Estupendo, joven. Muchas gracias —expresó el señor alto—. Es una pena que tu amigo haya echado a perder la sustanciosa recompensa que tenía preparada para vosotros.
—Pero yo no he hecho nada, es más, les he dicho, incluso, donde encontrar a ese sinvergüenza.
—Lo siento, muchacho, pero es imposible —insistía el señor alto—. Me habéis hecho perder la apuesta y no puedo pagarte nada.
—¿La apuesta? —Diego no comprendía.
—Sí; aposté con mi colega, aquí presente, que la verdadera amistad es inquebrantable, él piensa lo contrario.
—Pero no hemos faltado a ese sentimiento, señor, al menos yo no.
—Tu puntualización deja bien claro que tu amigo sí lo ha hecho, y en cuanto a ti…, bueno, es más que evidente que nos has servido a tu compañero en bandeja.
Diego enmudeció ante la razón.
—En fin, otra vez será, muchacho. Buenos días.
Sin más que añadir, los caballeros continuaron su camino ante la mirada atónita del joven Diego.

FIN

© 2018, M. Carmen Rubio Bethancourt

viernes, 19 de enero de 2018

La caja, relato (primera parte)

Pintura de Cézanne, Bosque.

En esta entrada voy a exponer un relato en el que la amistad se pone a prueba. Dado que es más largo de lo que habitualmente presento en el blog, os dejo con la primera de las dos partes que lo componen. A ver qué os parece.

La caja 
(primera parte)
Como cada día, Diego y Pedro recorrían el camino con un ánimo que solo su mutua compañía alegraba, pues no había mejores amigos que aquellos dos jóvenes. Cada mañana, desde hacía unos meses, a los chicos les aguardaba una tarea farragosa, adecuar las caballerizas de la finca de Don Augusto Montes. A pesar de que el pan entraba en casa, ambos sentían que aquel trabajo no era para ellos, ellos aspiraban a algo mejor, porque sus sueños eran mutuos e imaginaban abandonar un día aquel lugar e ir a una de las grandes ciudades del país, habían oído que surgían fábricas por doquier y pagaban bien; la industrialización requería mano de obra. Pero aún era pronto para marchar, ya que ni Diego ni Pedro tenían las manos libres, a Diego se lo impedían un par de niñas, sus hermanas, no podía dejarlas a cargo de su padre, era un alcohólico empedernido; a Pedro su madre, los gastos médicos de su última enfermedad la dejó sumida en deudas. Cuando ya restaba a los muchachos muy poco para llegar a su destino, dos caballeros de porte elegante, uno alto y otro bajo, se detuvieron ante ellos.
—¡Buenos días, chicos! —les saludaba el señor alto completando sus palabras un toque de sombrero que imitó su compañero.
Los jóvenes, sorprendidos, esperaron a ver qué deseaban aquellos señores antes de atreverse a decir lo más mínimo; sabían que con el estamento adinerado de la sociedad, y esos tipos lo parecían, no podían tomarse licencias ni siquiera para hablar, eso sí, libraron sus cabezas de unas simples gorras por corresponder al saludo.
—No os asustéis, tranquilos —prosiguió—. Veréis, hemos detenido vuestro trayecto porque necesitamos que nos hagáis un favor.
—¿Un favor? —se atrevió Pedro a intervenir. 
—Sí —afirmó el hombre—, pero requiere confianza entre vosotros.
—Somos muy buenos amigos —expresó Pedro—, los mejores, si les sirve.
—Por supuesto  —afirmó el mismo caballero.
—Y el favor sería… —indagaba Diego.
—Que uno de vosotros custodie esta caja hasta mañana a esta misma hora —mostró el señor alto el artículo pequeño y de madera—; será cuando pasemos a buscarla. Naturalmente habrá una generosa recompensa por ello. ¿Qué nos decís?
Pedro y Diego se miraron como si entre ambos estuviera surgiendo una conversación que solo ellos entendían. Al cabo de unos segundos Diego habló:
—Pero, esa caja, ¿tiene algo que ver con asuntos turbios? No nos gustaría meternos en ningún lío, ¿comprenden, señores?
—Oh, no, no —respondió el caballero bajito que hasta el momento no había abierto la boca—, solo que ahora no la podemos llevar encima. Así que, ¿qué nos respondéis?
—Sí, sí, no hay problema —contestó diligente Pedro.
—Un momento —interrumpió Diego el negocio que parecía llegar a término—, yo no estoy de acuerdo en quedarnos con esa cosa; a saber qué guarda; este asunto no está muy claro.
—Bueno, como queráis —volvió a tomar la palabra el señor alto—. Ya buscaremos a quien pueda ayudarnos.
—No, no —intervino raudo Pedro—, me ocupo yo de esa caja —resolvió Pedro ante la mirada atónita de Diego.
—Estupendo —expresó con deleite el hombre alto—. Y sobre la recompensa, que sepáis, aunque te haces tú cargo de la caja, muchacho, será para ambos  —los chicos se miraron complacidos—. Otra cosa, responsabilizarse de esta caja requiere una condición….
—Y es… —indagaba Pedro con impaciencia; tal vez no fuera buena idea prestar el favor y aún podía arrepentirse. 
—Una muy simple, no abrirla.
—Sin problema —sentenció Pedro.
Concluido el acuerdo, los chicos siguieron su camino y los señores se perdieron en el suyo.
Pedro y Diego no daban crédito a lo que había ocurrido, parecía todo tan fácil y a la vez tan misterioso. Los chicos habían prometido no abrir la caja, pero la curiosidad era demasiado fuerte, tanto que no podían resistirse a tener algún tipo de indicio sobre lo que podría contener aquel objeto. Comenzaron por observarlo, no parecía verse en él nada especial, una cajita de madera de aparente fácil apertura, de esas a las que solo impide levantar la tapa una presilla de metal; tras el repaso visual, Pedro hizo sonar la caja cerca de su oído, solo escuchó un leve tintineo. La curiosidad crecía en ellos, hasta tal punto que les era necesario mirar en el interior. Pero, lo habían prometido, se repetían, aun así, les pudo el deseo de conocer. Dos monedas de oro, eso era exactamente lo que contenía aquel pequeño objeto de madera. Una expresión de asombro invadió los rostros de los jóvenes.
—¡Oro, dos monedas de oro! —exclamó Pedro maravillado—. ¿Sabes lo que podría hacer con esto, Diego? Podría saldar la deuda de mi madre con ese médico usurero e irme de este pueblo de una vez por todas.
En tanto Pedro parecía vislumbrar su futuro, Diego quedaba perplejo, pues no daba crédito a las intenciones que su compañero contemplaba sobre las monedas de las que solo tenía su guarda y custodia. Sin embargo, una cierta envidia empezó a invadir a Diego, hasta tal punto que no pudo evitar desear ser cómplice de la fechoría.
—Contarás conmigo, ¿no, amigo?  
—¡Eh! —se sorprendía Pedro—. Bueno, tú no querías quedarte con la caja, por tanto, no veo por qué voy a tener que compartir nada contigo.
—Pero siempre lo hemos hecho todo a medias, Pedro, creo que en este asunto también deberíamos hacerlo; de alguna manera soy tu cómplice.
—No, no lo eres, tú has dicho que no querías saber nada de la caja. Así que pagaré la deuda de mi madre y abandonaré este lugar de mierda; estoy harto de romperme la espalda en esos establos.
—También yo estoy harto, Pedro, y lo sabes; una de esas monedas podría darme la oportunidad de ayudar a mis hermanas y largarme contigo.
—Esto para dos no supone gran cosa, Diego, así que, lo siento, pero ya mismo me largo; no estoy dispuesto a que me echen el guante.
Dicho y hecho, Pedro dejaba a su compañero y se marchaba, como alma que llevase el diablo, de vuelta a casa.
Diego no cabía en sí de la decepción, su mejor amigo, su cómplice, su compañero de fatigas le había dejado en la estacada.
(Continuará)
 © 2018, M. Carmen Rubio Bethancourt

sábado, 18 de noviembre de 2017

Ruptura


El amor, como prácticamente todos reconocemos, tiene su cara amable, pero también otra no tan encantadora y que suele coincidir con la falta de correspondencia o el fin de la relación por una de las partes, y es a esta última adversidad a la que dedico el microrrelato que presento a continuación. Espero saber expresar, con tan pocas palabras, esa circunstancia tan dolorosa para el que ama.
Ruptura
Hallé tus alas en nuestra habitación y supe enseguida que no era un olvido; te gustaba llevarlas contigo e ir hacia donde nuestros sueños, incluso en la distancia, nos llevaran. En un desesperado intento de retenerte salí en tu busca, pero ningún camino tenía grabadas tus huellas, por lo que le pedí al viento que me ayudara a encontrarte. No quiso y se alejó de mí llevándose consigo cada letra que pronuncié de tu nombre. Pobre corazón mío roto en pedazos deseosos de ti. Volaré sola y me empaparé de aire, tal vez me encuentre con tus besos surcando el cielo.

© 2017 M. Carmen Rubio Bethancourt



martes, 3 de octubre de 2017

El juego inevitable, mi nueva novela


Es para mí una gran alegría comunicaros que ya tengo publicada mi tercera novela, "El juego inevitable", bajo el sello de Tempus Fugit Ediciones. Es una novela de género romántico que pienso que os gustará, porque ¿quién no ha competido alguna vez por amor? Yo misma he utilizado alguna que otra artimaña para conseguir al chico del cual me había enamorado. Lo que ocurre es que el protagonista, Óscar, lo tendrá muy difícil en este juego, pues su oponente es una pieza del tablero difícil de derribar, ¿lo conseguirá? Vuelvo a insistir en lo complicado de la situación, pues Eva, la chica de la cual se ha enamorado el joven de un modo que ni se explica, pierde el norte por su chico. 
La historia nació en mi cabeza de una simple afirmación en la que creo, y es que nadie puede dominar los dictados del corazón, por tanto, enamorarse es inevitable. Si tengo que confesaros qué fue lo más complicado para mí de narrarla diría que dos cosas, una, ponerme en la piel de un joven enamorado, pues mi mente tendía a dirigirse hacia el modo de sentir femenino que, pienso, es más expresivo que el masculino y, dos, describir las situaciones íntimas, que alguna hay, porque no  lo había hecho nunca y no quería escribir algo chabacano, pero sí que hiciera al lector imaginar la escena bajo una atmósfera de erotismo. Y lo mejor de escribirla, sin duda, entrar en esa dinámica de conquista que es tan atrayente a cualquiera que tenga un poco de sangre romántica en sus venas, además, con el privilegio de ser yo quien dominaba el curso de los acontecimientos.
Estoy ilusionada con mi nuevo retoño y solo deseo que cuantos leáis la novela paséis tan buen rato con ella como yo escribiéndola.  
Os dejo la sinopsis y enlaces para conseguirla (por ahora está en digital, próximamente saldrá en papel). Ya me diréis qué os ha parecido.

Sinopsis "El juego inevitable" 
Dos jóvenes, Eva y Óscar, creen tener controlada su situación sentimental. Eva, porque junto a su novio, un tipo imponente llamado Marcos, imagina tener satisfecho su corazón; Óscar, porque una mala experiencia le hacer desdeñar el amor. Sin embargo, son incapaces de pensar que no todo depende de sus propósitos, pues conocer a Eva supondrá para Óscar enamorarse y, con ello, entrar en un nuevo juego de conquista que no estará exento de estrategias para desbancar a su rival y lograr su meta: el amor de Eva.

Enlaces Amazon:

domingo, 30 de julio de 2017

El orden cronológico en el relato, recursos escritores.

La lectora, 1874, Renoir

En esta ocasión voy a dedicar la entrada al orden cronológico en la narración, pues, como muchos conoceréis, hay diferentes formas de contar un relato atendiendo al curso de los acontecimientos que dan lugar al mismo.

Cuando leemos o nos cuentan una historia es bastante probable que, durante el transcurso de la misma, nos encontremos con una alteración cronológica de los hechos que la provocan, es lo que se llama en teoría literaria anacronía. Por ejemplo, un recuerdo que nos lleve hacia atrás, al pasado, es lo que se denomina analepsis o Flashback, de ser muy extensos se le llamaría Racconto, o, por el contrario, hacia adelante, es decir, anticipando el futuro, pasaría a llamarse prolepsis o Flash-forward. Pero, además de estas transgresiones temporales al relato que denominamos lineal o cronológico, “Ab ovo” (desde el huevo, origen), existen otras formas de contar los hechos que se apartan de la secuencia común de introducción, nudo y desenlace tan característicos del relato lineal o cronológico como son:

-In medias res: la narración empieza en mitad de la historia, en el conflicto, dejando para más adelante el descubrimiento del inicio de los acontecimientos. Ejemplo de ello lo tenemos en obras como “La Iliada” y “La Odisea “de Homero, en la primera la historia comienza con la disputa entre Agamenón y Aquiles; en la segunda, Homero empieza la obra contando lo que pasa en Ítaca mientras Ulises está ausente.

-Contrapunto: varias historias se dan a lo largo de la narración para hacia el final de la misma tener un punto en común. Hace unos meses he leído una novela que encajaría en este tipo de relatos: “La gran ola”, de Daniel Ruiz García.

-Circular: el texto se inicia y acaba del mismo modo, como ejemplo que puede ayudarnos a comprenderlo puede ser “Cien años de soledad” de Gabriel García Márquez, Macondo nace de la nada y vuelve a la nada. 

-In extremis: la narración comienza por el final y se desarrolla hasta llegar al comienzo (los personajes, lugares, hechos… son descritos a través de retrospecciones). Nuevamente, para tener un modelo en el cual fijarnos, haremos alusión a García Márquez y su novela “Crónica de una muerte anunciada”.

Posiblemente no seamos conscientes al leer o conocer una historia de este tipo de recursos literarios, pero, bien ejecutados por el autor, van a ser capaces, aun conociendo el receptor cuanto sucederá, de lograr que nos atrape la trama y nos invada la curiosidad más absoluta.


© 2017, M. Carmen Rubio Bethancourt