domingo, 8 de marzo de 2020

Los sueños, un filón para la creatividad.


Sueño causado por el vuelo de una abeja alrededor de una granada un segundo antes de despertar, Dalí, 1944

      Aunque los sueños, sueños son, como ya dijera Calderón en su obra La vida es sueño, nadie puede negar que nuestras experiencias oníricas son capaces de hacernos sentir tan intensamente como lo haríamos de estar despiertos, eso sí, dentro de un mundo de lo más fantástico e, incluso, absurdo. Sin embargo, es precisamente este caudal de fantasía que aportan los sueños el que ha servido, y sirve, a no pocos artistas para crear algunas de sus obras. Y valgan estos ejemplos para corroborar lo que digo: Paul McCarney aseguró que gracias a un sueño compuso la melodía de Yesterday; el pintor surrealista Dalí, al parecer, comía erizos cubiertos de una salsa oscura a base de chocolate (a la catalana) antes de acostarse porque le inducía a tener ‹‹interesantes sueños»; Misery, novela de Stephen King, surgió de una pesadilla que tuvo el autor sobre una fan obsesionada por él; el escritor británico Robert Louis Stevenson intuyó la trama de El extraño caso de Dr. Jekyll y Mr. Hyde después de soñar varias veces con el personaje del detestable Mr. Hyde; en el Libro de sueños, del escritor argentino Jorge Luís Borges, el autor dejó escrito lo siguiente: «Los sueños constituyen el más antiguo y el no menos complejo de todos los géneros literarios», la obra es una recopilación de textos de la literatura universal basados en ellos; el pintor catalán Miró aplicaba los mecanismos del sueño para crear el lenguaje gráfico de sus obras. Freud en 1900 publicó su obra La interpretación de los sueños, en ella afirma que la función de estos es la de expresar los deseos reprimidos (según Freud, Los sueños ofrecen muchas pistas para revelar conflictos inconscientes). Hoy día dicha teoría es discutible por algunos autores, pero lo que sí no se puede negar es que soñar es como entrar en otro mundo, un mundo fantástico donde el tiempo y el espacio no tienen sentido alguno y en el que todo es posible, tanto, como encontrarnos con personas a las que creímos perdidas para siempre. Justamente esta sensación (nacida de los sueños, de mis sueños), ha sido la que me ha llevado a componer el siguiente microrrelato que espero sea de vuestro agrado.
© M. Carmen Rubio Bethancourt

Por encima de las nubes
Hoy he caminado por encima de las nubes sobre un elefante pintado de colores. A lo lejos, en la inmensidad de un azul diáfano, vi aparecer de la nada una puerta, una simple puerta. Al llegar a ella, bajé del elefante y la crucé sin él. Las nubes, antes alfombra blanca y suave de nuestro camino, saturaban todo el espacio haciéndome imposible ver más allá de mí. Me acaparó el miedo a la soledad. A poco de sentir mis lágrimas resbalar por mis mejillas, una risa conocida me hizo girar la cabeza. Era él, mi padre. Llegaba, como de costumbre, alegre y dispuesto a rescatarme de cualquier amenaza que me acechase, aunque esta fuera, incluso, una ilusión. De su mano, descendí hasta un paisaje indescriptible en el que se encontraban todos los que un día marcharon, muy jóvenes, bellos, plenos de luz. Tan ensimismada y feliz estaba junto a ellos que no deseaba partir cuando el elefante regresó a buscarme.
Tal vez esta noche, mis sueños, quieran llevarme otra vez al mismo lugar.
© M. Carmen Rubio Bethancourt, 2020



martes, 14 de enero de 2020

Fondo y forma en el relato literario.


Partiendo de la base de que un relato literario estará correctamente escrito a nivel gramatical y ortográfico, la razón de ser de estos, según mi parecer, es la trama, lo que constituirá el fondo de la narración. El escritor, una vez ha imaginado la historia, necesita plasmarla en letras para no solo darle la capacidad de permanecer, sino otorgarle la posibilidad de que otros la conozcan. No obstante, con este fin de supervivencia y difusión, el fondo necesita de forma para que llegue a los demás, lo cual hará indispensable utilizar las palabras. Pero ¿de qué modo conjugarlas o usarlas por el autor? Desde mi punto de vista, la forma es lo que aportará singularidad al texto, lo que dará su sello al escritor.  Por eso creo que la forma debe carecer de modelo a seguir, ya que sería privar a la obra de originalidad. Además, cada trama y público a quien va dirigido el relato requiere un estilo. Pongamos por caso, no es lo mismo narrar una historia de amor que una policíaca o un cuento infantil o una novela para jóvenes. Ahora bien, seguro que Isabel Allende no desarrollaría ninguno de estos temas como lo haría o hubiera hecho Ramón del Valle Inclán, Charles Bukowski, Edurne Portela…, sencillamente porque cada autor tiene un modo peculiar de escribir cuanto imagina. Y muestra de lo que digo son estos fragmentos escritos por dichos autores y tan distintos unos de otros en cuanto a forma.
‹‹Llevado por el entusiasmo de su celo vocacional, el sacerdote debía contenerse para no entrar en abierta desobediencia con las instrucciones de sus superiores eclesiásticos, sacudidos por vientos de modernismo, que se oponían al cilicio y a la flagelación. Él era partidario de vencer las debilidades del alma con una buena azotaina de la carne. Era famoso por su oratoria desenfrenada. Lo seguían sus fieles de parroquia en parroquia, sudaban oyéndolo describir los tormentos de los pecadores en el infierno, las carnes desgarradas por ingeniosas máquinas de tortura, los fuegos eternos, los garfios que traspasaban los miembros viriles, los asquerosos reptiles que se introducían por los orificios femeninos y otros múltiples suplicios que incorporaba en cada sermón para sembrar el terror de Dios. El mismo Satanás era descrito hasta en sus más íntimas anomalías con el acento de Galicia del sacerdote, cuya misión en este mundo era sacudir las conciencias de los indolentes criollos.» (La Casa de los espíritus, Isabel Allende)
‹‹¡Mi amor adorado, estoy muriéndome y sólo deseo verte!» ¡Ay! Aquella carta de la pobre Concha se me extravió hace mucho tiempo. Era llena de afán y de tristeza, perfumada de violetas y de un antiguo amor. Sin concluir de leerla, la besé. Hacía cerca de dos años que no me escribía, y ahora me llamaba a su lado con súplicas dolorosas y ardientes. Los tres pliegos blasonados traían la huella de sus lágrimas, y la conservaron largo tiempo. La pobre Concha se moría retirada en el viejo Palacio de Brandeso, y me llamaba suspirando. Aquellas manos pálidas, olorosas, ideales, las manos que yo había amado tanto, volvían a escribirme como otras veces. Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas. Yo siempre había esperado en la resurrección de nuestros amores. Era una esperanza indecisa y nostálgica que llenaba mi vida con un aroma de fe: Era la quimera del porvenir, la dulce quimera dormida en el fondo de los lagos azules, donde se reflejan las estrellas del destino. ¡Triste destino el de los dos! El viejo rosal de nuestros amores volvía a florecer para deshojarse piadoso sobre una sepultura.» (Sonata de otoño, Ramón del Valle Inclán).
‹‹Estábamos en navidades y me enteré por el borracho que vivía calle arriba, y que lo hacía todos los años, que contrataban a cualquiera que se presentase, así que fui y lo siguiente que supe fue que tenía una saca de cuero a mis espaldas y que me dedicaba a pasear a mis anchas. Vaya un trabajo, pensé. ¡Tirado! Sólo te daban una manzana o dos y si te las arreglabas para terminar, el cartero regular te asignaba otra manzana para repartir el correo, o también podías volver y el jefe te mandaba a otra parte, pero lo mejor que podías hacer era tomarte tu tiempo y meter relajadamente las tarjetas de Navidad en los buzones. Creo que fue en mi segundo día como auxiliar de Navidad cuando esta mujerona salió y se puso a andar a mi lado mientras yo repartía las cartas. Cuando digo mujerona me refiero a que tenía un culazo y unas tetazas y en general era grande en todos los lugares adecuados. Parecía estar un poco chiflada, pero me ponía a mirar su cuerpo y no me importaba demasiado. Hablaba y hablaba y hablaba. Entonces salió la cosa». (Cartero, Charles Bukowski)
‹‹Alicia pasa bastante tiempo en casa sus dos primeros años en Northville. No encuentra el escritorio que le gusta, todos son pesados, con cajones que no le dejan mover las piernas, así que acaba usando una gran mesa plegable donde va apilando libros, artículos, cuadernos. La sitúa frente al amplio ventanal del sótano desde el que observa, acompañada siempre de la mirada gatuna de Vargas y Llosa tumbadas sobre sus papeles en algún lugar de la mesa, pasar la vida del barrio. Casi a diario ve a los tres hermanos de la casa del final de la calle, unos adolescentes obesos y pelirrojos que si no son trillizos lo parecen. Cada dos por tres echan en su césped, pensando que Alicia no los ve, una bolsa vacía y arrugada de McDonald’s. Los fines de semana sacan sus motos de monte trucadas y se alejan haciendo caballitos y un ruido infernal. Los vecinos de la casa de enfrente son más tranquilos. De los antiguos vecinos del barrio, le dicen el día que se presentan a la puerta de casa con un bizcocho. Alicia está sola y no sabe si invitarles a pasar o no hasta que se decanta por lo último.» (Formas de estar lejos, Edurne Portela)
Son solo cuatro ejemplos de modos de relatar. Diferentes, por supuesto, aunque ninguno desdeñable. El estilo de cada escritor engrandecerá su obra y otorgará personalidad a la trama. Por tanto, la forma de narrar, particular y única en cada autor, es, a mi modo de ver, el complemento perfecto a sumar a la historia o fondo del relato. Resultado de esta unión, a mi parecer perfecta, es la variedad que tanto enriquece a la literatura.
©2019, M. Carmen Rubio Bethancourt

miércoles, 29 de mayo de 2019

Los recuerdos como germen del relato

Playa de La Caleta, Cádiz
Hace unas semanas asistí al Ateneo de Cádiz para participar, junto a otros compañeros de letras con uno de mis escritos, a la tertulia literaria que se convoca una vez al mes en dicho lugar. El tema elegido para inspirar nuestras composiciones fue "El mar". Al principio de ponerme a ello, se me ocurrió hacer un relato que expusiera el efecto que produce en mí contemplar tan imponente elemento de la naturaleza, pero, conforme lo iba escribiendo, un recuerdo de mi pasado asaltó mi escritura, porque solo es necesario un simple guiño de nuestras experiencias vividas para que la imaginación se ponga a trabajar y de de sí lo que no suponíamos. Yo tengo muchas vivencias de mis años pasados en las que el mar está presente como un protagonista más de la historia, siendo de costa no queda otra, y aunque este texto lleva su parte de ficción, hay en él algo de mi vida. Espero que os guste. 

En la playa

A veces me ocurre que un sonido, un olor, un sabor o una imagen me transportan al pasado, y hoy, precisamente, ha vuelto a suceder. No vislumbraba esta posibilidad esta mañana en la que, después de un largo paseo por la playa, me senté en la orilla a relajarme un rato mirando al mar. Y lo estaba consiguiendo, el movimiento acompasado de las olas es para mí como un sedante, sin embargo, una voz chillona de mujer derribó de golpe mi propósito. ‹‹Carlitos que salgas del agua», repetía la señora casi a punto de dejar las cuerdas vocales en aquellos alaridos. Cuando observé a la mujer, al objeto de lanzarle alguna de mis miradas castigadoras por haber dado al traste con mi intención, me pasó algo que no esperaba, se inundó mi interior de una ternura infinita al ver reflejada en la mujer la imagen de mi madre. Más bajita, menos bonita, pero tan madraza como ella y a punto de darle un síncope porque el chiquillo estaba, a su parecer, más allá de los límites aconsejables para un niño que se baña en el mar. Pobre mamá, lo que sufría por lo mismo, ‹‹que si os va a engullir la marea que hay resaca, que si os va a dar algo que ya tenéis los dedos como garbanzos en remojo, que si el agua por la cintura, que si la digestión…», y mis hermanos y yo que a todo lo que nos decía la pobre mujer ni caso, puesto que a la más mínima se despistaba ya estábamos haciendo de las nuestras, además, teníamos de aliado a nuestro padre, menos dado a ver el peligro y, por ello, consagrado a la tarea de calmar a mamá. Y a la par de aquellas imágenes, me vinieron  al pensamiento nuestras risas infantiles; el olor a sal y tortilla de patatas, porque a mamá le salían buenísimas y en la playa sabían a gloria; las riñas con mis hermanos a causa de la bola de arena que, una vez más, se estrellaba en la cabeza de alguno; los juegos con papá, un experto en eso de hacerse el despistado para dejarnos ganar siempre... Y esa vuelta a casa… ¡qué suplicio! Con el cuerpo cubierto de salitre y las caras rojas como cangrejos cocidos, ni siquiera éramos capaces de levantar los pies al andar de molidos que quedábamos después de tantas horas de baños y juegos en la arena, parecíamos soldados a los que el enemigo le hubiera dado una buena paliza. No creo que sea difícil creer que en mi rostro se dibujara una sonrisa mientras fluían a mi mente recuerdos tan entrañables. Lo malo fue volver al presente, ¡cuánta tristeza!, no solo al dar por hecho que aquellos días felices no volverían, sino porque me falta ella, mamá, a la que a veces me parece haber dejado abandonada en un rincón de mi memoria y en estas ocasiones, en las que el más mínimo ‹‹clip» enciende mi pasado, compruebo que solo me dejaba un poco tranquila.

©2019, M. Carmen Rubio Bethancourt

miércoles, 8 de mayo de 2019

Escritores bajo seudónimo, ¿cuáles fueron sus razones?


Hermanas Brontë retratadas por su hermano Branwell en 1834
Ocultar la identidad no ha sido algo inusual en el mundo de la literatura, pero ¿cuál es el motivo que lleva a un autor a hacerlo? Seguramente hay razones para todos los gustos, y a mí me vienen algunas a la cabeza, no obstante, para exponerlo con criterio, veamos por qué lo hicieron algunos de ellos.
Pablo Neruda, poeta chileno nacido en 1904, cuyo nombre real fue Ricardo Eliecer Neftalí Reyes Bascalto. Según parece, el utilizar seudónimo se debió al hecho de despistar a su progenitor que en modo alguno deseaba que su hijo se dedicara a la literatura. Pablo Neruda nunca desmintió que escogiera el nombre en honor al escritor checo Jan Neruda, aunque tampoco lo confirmó, otros estudiosos del tema afirman que al poeta podría haberle inspirado un personaje de la novela de Arthur Conan Doyle titulada “Estudio en escarlata”, aunque lo cierto es que el escritor jamás desveló el origen de su nombre artístico.
Hermanas Brönte, Charlotte, Emily y Anne, escritoras inglesas del siglo XIX, que se hicieron llamar Currer, Ellis y Acton Bell para poder publicar sus obras, porque de hacerlo como mujeres lo hubieran tenido bastante más complicado; la actividad creativa e intelectual estaba mal vista si la ejercían las mujeres, incluso no se las tomaba en serio de practicarla.
George Sand, seudónimo de Aurore Lucile Dupin, autora nacida en 1804 en París. Más o menos le ocurrió lo mismo que a las hermanas Brönte, utilizó el seudónimo para ocultar su identidad de mujer, incluso fue más allá, ya que se vestía de hombre para poder introducirse en los círculos literarios parisinos vetados entonces a nosotras.
Lewis Carrol, cuyo verdadero nombre era Charles Lutwige Dodgson. El autor inglés, nacido en 1832, parece ser que extrajo su seudónimo a partir de latinización de su nombre y el apellido de su madre, Charles Lutwidge, latinizado como Ludovicus, y Charles como Carolus, Ludovicus Carolus, a su vez, dicho nombre fue trasladado por el autor al idioma inglés como Lewis Carroll (un poco enrevesado). Se afirma que hizo uso del seudónimo para diferenciar su trabajo de matemático (escribía tratados sobre esta materia) de sus obras de ficción.   
Mark Twain, o lo que es igual,  Samuel Langhorne Clemens, ​escritor nacido en Florida en 1835. Empezó a utilizar su seudónimo al trabajar en un periódico. Mark Twain hace referencia a una expresión que utilizaban los marineros fluviales del Mississippi (él fue piloto de un barco de vapor) para marcar dos brazas de profundidad, medida de calado mínimo para la buena navegación. No he llegado a encontrar la causa por la que Twain utilizaba el seudónimo en vez de su propio nombre, tal vez por sonoridad.
George Orwell, seudónimo de Eric Arthur Blair,  escritor británico nacido en 1903. Quién hubiese imaginado que el apellido Orwell llevaría una intención de estar mejor posicionado en los estantes de las librerías, pues parece que es así, aunque también le llevó a adoptar dicho sobrenombre el hecho de no incomodar a sus padres con su obra: ‹‹Sin blanca en París y Londres» donde se deja ver que había vivido en la calle como un mendigo. Como Neruda, la idea de no incomodar a sus padres por ejercer su actividad literaria le hace ocultar su identidad.
Gustavo Adolfo Bécquer, o Adolfo Domínguez Bastida, escritor que nace en Sevilla en 1836. Parece que la causa en el autor andaluz fue más una cuestión de estética, su padre, José Domínguez Insausti, firmaba sus cuadros con el apellido de sus antepasados flamencos, los Bécquer o Becker, y tanto Adolfo como su hermano, el pintor Valeriano, adoptaron Bécquer como primer apellido en la firma de sus obras.
Clarín, seudónimo de Leopoldo García-Alas y Ureña, escritor nacido en Zamora en 1852. Toma el nombre de Clarín más bien de una imposición, pues el director del periódico donde trabajaba, ‹‹El Solfeo», quería que sus colaboradores firmaran sus artículos con el nombre de un instrumento musical.
Stephen King, autor norteamericano nacido en 1947. King eligió el seudónimo de Richard Bachman en siete novelas de sus más de 60, según parece, para evitar, porque no era aconsejable, publicar más de un libro en un año, y también para liberar la carga que le estaba proporcionando la fama.
Stendhal, seudónimo de Marie-Henri Beyle, escritor francés nacido en 1783. Hay que decir que el primero de sus seudónimos fue el de L. A. C. Bombres, lo utilizó en unos libros de crítica de arte. En 1817 realiza un ensayo que llama ‹‹Roma, Nápoles y Florencia», un ensayo con recuerdos personales y donde utiliza por primera vez el seudónimo de Stendhal. Existen dos hipótesis sobre el origen de este seudónimo, la más admitida es que lo tomara de la ciudad alemana de Stendal, lugar de nacimiento de Winckelmann, fundador de la arqueología moderna, al que el escritor admiraba, y una segunda hipótesis que afirma que sea un anagrama de Shetland, unas islas que el autor conoció y que le dejaron una profunda impresión. El porqué de firmar sus publicaciones con un seudónimo, no lo he logrado encontrar, igual no había más razón que la sonoridad o la estética.
Agatha Christie, seudónimo de Agatha Marie Clarisa Miller, autora inglesa nacida en 1890. La escritora tomó su apellido de su marido, Archibald Christie, de quien se divorció en 1926, hecho que le ocasionó algunos trastornos psicológicos (desapareció once días sin que nadie supiera nada de ella, incluso Arthur Conan Doyle, creador del personaje de ‹‹Sherlock Holmes»,  colaboró en la búsqueda). Imagino que la autora al casarse y adoptar el apellido de su esposo lo adquirió para sí y su obra, no encuentro otra explicación.
J. k. Rowling, o Robert Galbraith. La autora británica nacida en 1965, célebre por las narraciones de ‹‹Harry Potter», ha usado habitualmente su nombre verdadero para firmar sus obras, eso sí, sustituyendo, por consejo de la editorial para evitar que se supiese que era mujer (argumentaban que vendían menos), el Joanne por las iniciales J. K., la J hace referencia a Joanne y la K (requerida una segunda inicial por la editorial) la puso en honor a su abuela paterna Kathleen. En cuanto al seudónimo Robert Galbraith, fue utilizado para publicar su segundo libro para adultos, ‹‹El canto del cuco», 2013, que tuvo muy buena acogida por parte de la crítica, tal vez lo hizo porque su primera novela para dicho público, ‹‹Una vacante imprevista», publicada en 2012, no la obtuvo.
Fernán Caballero, seudónimo de Cecilia Böhl de Faber y Ruiz de Larrea. Escritora española nacida en Suiza en 1796. El motivo de su seudónimo (nombre de un pueblo de Ciudad Real), según ella: «Gustóme ese nombre por su sabor antiguo y caballeresco», con ello enmascaraba su identidad femenina a una sociedad que rechazaba que las mujeres se dedicasen a actividades intelectuales, como tantas otras habían hecho o harían.
Mariano José de Larra, nacido en Madrid en 1809, utilizó diversos seudónimos a lo largo de su carrera como escritor y periodista, tales como El duende, Juan Pérez, Fígaro…, parece ser, por evitar la censura política y social del momento.
Charles Dickens, escritor inglés nacido en 1812, el célebre autor utilizo el seudónimo de «Boz» en sus primeras obras. El motivo: evitar que sus publicaciones le perjudicaran en su faceta de columnista político; imaginó que no le tomarían en serio. Más que evidente que le fue bastante bien y dejó de utilizar dicho sobrenombre.
Entre los autores actuales españoles tenemos el caso de Francisco de Paula Fernández González (Sevilla, 1978), o Blue Jeans, superventas entre adolescentes por sus novelas románticas. Según parece, eligió el seudónimo de una canción del grupo Squeezer que le gustaba como sonaba. El porqué de esconder su autoría, el escritor sevillano dice, en una entrevista al diario de información “20 minutos”, que su intención es que se hablara de su escritura.
Podría seguir aumentando la lista, es bastante copiosa, sin embargo, creo que con esta muestra de autores que han escrito, al menos alguna vez, bajo seudónimo se exponen varias razones por las que muchos de ellos han decidido ocultar su verdadera identidad. Espero que os haya sido interesante.
©2019, M. Carmen Rubio Bethancourt

Os dejo algunas páginas de Internet donde he encontrado bastante información al respecto.
http://www.cervantesvirtual.


sábado, 2 de febrero de 2019

Reseña: Esperando a Mister Bojangles, novela de Olivier Bourdeaut



En esta nueva entrada de mi blog voy a hacer referencia a una novela que he leído hace unos meses y me empuja a hacer una reseña sobre ella, es Esperando a Mister Bojangles” (Salamandra ediciones), de Olivier Bourdeaut.

Olivier Bourdeaut, escritor francés nacido en 1980 en Nantes.  Su primer éxito como escritor es, precisamente, esta novela: “Esperando a Mister Bojangles”,  publicada en 2016 y galardonada con varios premios en Francia y gran acogida de la crítica y el público.
La novela cayó en mis manos como consejo de lectura de mi hermano menor, y no me defraudó, porque, tal como él me había indicado, la historia es tan encantadora que te atrapa desde la primera página. Grosso modo, el argumento versa sobre un matrimonio atípico francés y el recuerdo que sobre él tiene su único hijo y, a su vez, el padre del chico, ya que el relato es contado por dos narradores: el niño, donde apreciamos una escritura menos exigente y de percepción más confusa, y el padre, con una prosa más cuidada y consciente de cuanto ocurre, por lo que tendremos el placer de disfrutar de dos versiones de la obra sobre una misma experiencia de vida. Sin embargo, en ambos relatos subyace el leitmotiv de la historia: el amor que se profesa la pareja a la que acompaña todos los días de su vida una canción: “Mr Bojangles”, de Nina Simone. Durante el desarrollo del relato nos encontraremos situaciones de lo más originales e insólitas debido a que el matrimonio no es nada corriente, como, por ejemplo, tener una garza que vive con ellos: doña Superflua, o que el marido llame a su mujer con un nombre diferente cada día. Ya que si algo caracteriza a este núcleo familiar es que viven por ellos y para ellos sin importarles lo que piensen o digan los demás. El estilo de la narración lo he encontrado sencillo, fácil de leer, pero transmite mucha sensualidad y ternura, tanto que hace que conecte de inmediato con el lector y su sensibilidad. Por todo lo expuesto, creo que esta novela merece tenerse en cuenta como próxima lectura. Ya me contaréis si os decidís a leerla.

©2018, M. Carmen Rubio Bethancourt


martes, 11 de diciembre de 2018

Cuentos de Navidad



Imagen película de Disney, "Cuento de Navidad".         
Si hay una época que incite a la imaginación a crear historias esa es, sin duda alguna, la Navidad. Y muestra de ello es la cantidad de relatos que tienen que ver con esta fechas. Por citar algunos de ellos: “La pequeña cerillera” de Hans Christian Andersen; “Vida y aventuras de Santa Claus” de L. Frank Baum;  “El expreso polar” de Chris van Allsburg; “El primer milagro” de Azorín; “Cuento de Nochebuena” De Rubén Darío,  “Un árbol navideño y una boda” de Fiodor Dostoievsky;  “Los elfos y el zapatero” de los Hermanos Grimm; “Día de Reyes” de María Lejárraga, “Estas navidades siniestras” de Gabriel García Márquez; “Cuento de Navidad” de Emilia Pardo Bazán, “La adoración de los Reyes” de Valle-Inclán… Y así podríamos seguir hasta completar una larga lista de cuentos. Porque extraño es el autor que se haya resistido a escribir algunas letras que tengan que ver con esta celebración tan universal y entrañable. No obstante, de todos ellos, hay uno que se lleva el galardón de ser el más leído, el más representado, el más versionado… y es, como todos imagináis, “Canción de Navidad” (A Christmas Carol), o también llamado “Cuento de Navidad” de Charles Dickens. La trama del relato, para quien aún no la conozca, tal vez haya por ahí algún despistado, gira en torno a la figura del señor Scrooge, un anciano avaro y explotador que es visitado en su casa por el espíritu de su antiguo socio, Jacob Marley (arrastrando unas cadenas fruto de sus pecados), para anunciarle que se le aparecerán por la noche tres fantasmas: el de las navidades pasadas, presente y futura, al objeto de mostrarle episodios de su vida y lo que le espera de no cambiar de forma de ser. Al final de la historia descubriremos si los tres fantasmas han sido capaces de transformar al desalmado y avaro señor Scrooge. 
En mi opinión, Dickens con este relato no solo sabe atrapar la atención del lector con una historia sublime, sino que nos hace mirar a nuestro propio corazón incitándonos a ser mejores personas con nuestros semejantes; es bien sabido que el motor que impulsó gran parte de la obra de Dickens e, incluso, de acciones de su vida fue la justicia social (por ejemplo, colaboró en  crear una casa para mujeres repudiadas de la sociedad: “Urania Cottage”, donde éstas aprendían a leer y escribir y se graduaban), ya que desde muy niño padeció calamidades como trabajar o ver a su padre encarcelado por deudas.
©2018 M. Carmen Rubio Bethancourt

Y, por aportar mi granito de arena en esto de los cuentos navideños y los buenos propósitos, os dejo este pequeño relato que  espero os guste (al final del mismo añado un enlace donde podréis descargar el cuento de Dickens). ¡Feliz Navidad!

El espíritu de la Navidad

Hacía unos años que Violeta vivía fuera de Madrid y regresaba por Navidad. Sin embargo, qué poca ilusión le hacían a la joven aquellas fiestas; le parecían tediosas con tantos mensajes de buena voluntad que tan solo habrían de durar, y con bastante esfuerzo, unos días. No obstante, se reuniría con la familia a cumplir con lo que exigían tales fechas. Justo el día antes de Nochebuena, el padre de Violeta, observador del estado tan racional por el que atravesaba su hija, la invitó a acompañarle a la Plaza Mayor. La joven refunfuñó un poco, aunque, finalmente, cedió. Violeta y su padre arribaron en la plaza entrada la noche, exactamente en el momento en el que se encendían las luces que decoraban el emplazamiento y los distintos puestecillos que lo ocupaban. El aliento de la joven se contuvo, porque, como lo hiciese el clic del interruptor con aquellas bombillas dándoles alegría, su mente, en un fulminante flash, se trasladó a los años de su niñez en similares circunstancias. ¡Cuánto disfrutaba con sus hermanos recorriendo, uno tras otro, los tenderetes buscando figuritas para el belén o comiendo castañas asadas para endulzar el paseo y repeler el frío de la tarde! Y la cena de Nochebuena…, su madre se empleaba a fondo en hacer el mejor pavo que se habría de comer en toda la ciudad. Y Violeta daba por hecho que lo conseguía, porque qué bien olía y qué bien sabía aquel asado, tanto que no había un solo adulto que probase tan suculento manjar que no pidiera la receta a su madre; de ella Violeta solo retenía: ‹‹Mucho Tomillo, laurel y una pizca de pimienta». Después de disfrutar de la buena mesa, llegaba el turno de los villancicos y, con un poco de suerte y dos copitas de anís, las bulerías de la tía Carmen, éstas tan bien ‹‹cantás» que lograban hacer bailar, incluso, a la abuela Felisa (muy dada ella a echar ‹‹cabezaditas» en la butaca). La emoción de los recuerdos embargó a Violeta, hasta el punto de sentirse culpable por haber dejado de derrochar sin condiciones su alegría. Su padre, que pareció advertir su desazón, le dio un beso en la mejilla, precisamente el impulso que necesitaba para abrir de par en par su corazón a la Navidad.
©2018 M. Carmen Rubio Bethancourt

Enlace relato “Canción de Navidad” de Charles DicKens.




sábado, 29 de septiembre de 2018

El otoño como inspiración.



Otoño inspirador.
Es un hecho comprobado que la naturaleza es motivo de inspiración para muchos escritores, y, como parte de ella, las estaciones no iban a ser una excepción. Y dado que entramos en una de las que a mí más me gustan: el otoño, me ha parecido acertado dar la bienvenida a éste con algunas creaciones literarias de escritores célebres que, de un modo u otro, lo evocan (al final de tan maravillosas letras, añado un microrrelato de mi autoría sin pretensión alguna de equipararme a tan grandes autores solo de unirme a la bienvenida).  Si os fijáis, es curioso observar la gama de sensaciones tan dispares que provoca.
Otoño, por Mario Benedetti
Aprovechemos el otoño
antes de que el invierno nos escombre
entremos a codazos en la franja del sol
y admiremos a los pájaros que emigran
Ahora que calienta el corazón
aunque sea de a ratos y de a poco
pensemos y sintamos todavía
con el viejo cariño que nos queda
Aprovechemos el otoño
antes de que el futuro se congele
y no haya sitio para la belleza
antes de que el futuro se nos vuelva escarcha.                                                                                                        
Canción de otoño, por Paul Verlaine (curiosidad: los primeros versos del poema fueron escogidos como contraseña por los aliados en la Segunda Guerra Mundial para dar la señal a la resistencia francesa que se iniciaba el desembarco de Normandía)
Los largos sollozos
de los violines
del otoño
hieren mi corazón
con monótona
languidez

Todo sofocante
y pálido, cuando
suena la hora,
yo me acuerdo
de los días de antes
y lloro

Y me voy
con el viento malvado
que me lleva
de acá para allá,
igual que a la
hoja muerta.

El otoño según George Eliot (Mary Anne Evan).

“¡Delicioso otoño! Mi alma está muy apegada a él, si yo fuera un pájaro volaría sobre la tierra buscando los otoños sucesivos.”

El otoño visto por Juan Ramón Jiménez
Esparce octubre, al blando movimiento
del sur, las hojas áureas y las rojas,
y, en la caída clara de sus hojas,
se lleva al infinito el pensamiento.

Qué noble paz en este alejamiento
de todo; oh prado bello que deshojas
tus flores; oh agua fría ya, que mojas
con tu cristal estremecido el viento!

¡Encantamiento de oro! Cárcel pura,
en que el cuerpo, hecho alma, se enternece,
echado en el verdor de una colina!

En una decadencia de hermosura,
la vida se desnuda, y resplandece
la excelsitud de su verdad divina. 

Paisaje, por Federico García Lorca

La tarde equivocada
se vistió de frío.
Detrás de los cristales
turbios, todos los niños
ven convertirse en pájaros
un árbol amarillo.
La tarde está tendida
a lo largo del río.

Y un rubor de manzana
tiembla en los tejadillos.

Otro otoño triste, por Miguel Hernández
Ya el otoño frunce su tul
de hojarasca sobre el suelo,
y en vuelo repentino,
la noche atropella la luz.

Todo es crepúsculo,
señoreando en mi corazón.
Hoy no queda en el cielo
ni un remanso de azul.

Qué pena de día sin sol.
Qué melancolía de luna
tan pálida y sola,
ay que frío y ay que dolor.

¿Dónde quedó el calor
del tiempo pasado,
la fuerza y la juventud
que aún siento latir?

Se fue quizás con los días cálidos,
de los momentos que a tu lado viví.
Y así esperando tu regreso,
otro otoño triste ha llegado sin ti.
Las estaciones, según Rosalía de Castro.

“Frío y calor, otoño o primavera, ¿dónde se encuentra la alegría? Hermosas son las estaciones todas para el mortal que en sí guarda la dicha”

Melancolía, por Manuel Machado
Me siento, a veces, triste
como una tarde del otoño viejo;
de saudades sin nombre,
de penas melancólicas tan lleno...

Mi pensamiento, entonces,
vaga junto a las tumbas de los muertos
y en torno a los cipreses y a los sauces
que, abatidos, se inclinan... Y me acuerdo
de historias tristes, sin poesía... Historias
que tienen casi blancos mis cabellos.

Amanecer de otoño, por Antonio Machado
(dedicado a Julio Romero de Torres)

Una larga carretera 
entre grises peñascales, 
y alguna humilde pradera
donde pacen negros toros. Zarzas, malezas, jarales.


Está la tierra mojada 
por las gotas del rocío, 
y la alameda dorada, 
hacia la curva del río. 

Tras los montes de violeta 
quebrado el primer albor: 
a la espalda la escopeta, 
entre sus galgos agudos, caminando un cazador.

Sonata de Otoño (fragmento) Ramón del Valle Inclán

En el fondo del laberinto cantaba la fuente como un pájaro escondido, y el sol poniente doraba los cristales del mirador donde nosotros esperábamos. Era tibio y fragante: gentiles arcos cerrados por vidrieras de colores le flanqueaban con este artificio del siglo galante que imaginó las pavanas y las gaviotas. En cada arco, las vidrieras formaban tríptico y podía verse el jardín en medio de una tormenta, en medio de una nevada y en medio de un aguacero. Aquella tarde el sol de otoño penetraba hasta el centro como la fatigada lanza de un héroe antiguo.

Te recuerdo como eras en el último otoño, por Pablo Neruda
Te recuerdo como eras en el último otoño.
Eras la boina gris y el corazón en calma.
En tus ojos peleaban las llamas del crepúsculo.
Y las hojas caían en el agua de tu alma.

Apegada a mis brazos como una enredadera,
las hojas recogían tu voz lenta y en calma.
Hoguera de estupor en que mi sed ardía.
Dulce jacinto azul torcido sobre mi alma.

Siento viajar tus ojos y es distante el otoño:
boina gris, voz de pájaro y corazón de casa
hacia donde emigraban mis profundos anhelos
y caían mis besos alegres como brasas.

Cielo desde un navío. Campo desde los cerros.
Tu recuerdo es de luz, de humo, de estanque en calma!
Más allá de tus ojos ardían los crepúsculos.
Hojas secas de otoño giraban en tu alma.

Esbozos, por Hermann Hesse

El viento del Otoño crepita frío entre los juncos secos, 
envejecidos por el anochecer; 
aleteando, las cornejas vuelan desde el sauce, tierra adentro.

Un viejo solitario se detiene un instante en una orilla,
siente el viento en sus cabellos, la noche y la nieve que se acercan,
desde la orilla en sombras mira la luz enfrente
donde entre nubes y lago la línea de la costa más lejana
todavía refulge en la cálida luz:
áureo más allá, dichoso como el sueño y la poesía.

La mirada sostiene con firmeza en la fulgurante imagen,
piensa en la patria, recuerda sus buenos años,
ve palidecer el oro, lo ve extinguirse,
se vuelve y, lentamente, se dirige
tierra adentro desde aquel sauce.

El otoño, según George Sand (Aurore-Lucile Dupin).

“El otoño es un andante melancólico y gracioso que prepara admirablemente el solemne adagio del invierno”


Micro dedicado al otoño de mi autoría.

Otoño

Hoy las calles no temen al sol que se había adueñado de ellas sin la más mínima piedad, hoy no dejo al aire que me abrace y calme el calor de mi cuerpo, hoy el mar golpea la roca con más fuerza y el cielo ha cambiado, es menos azul, más caprichoso, traicionero a veces, hoy siento mis pasos al caminar sobre una alfombra cobriza que danza al son del viento y embriaga mis sentidos, hoy me siento renacer.
©2018, M. Carmen Rubio Bethancourt
Y hasta aquí esta entrada tan otoñal, espero que os haya gustado y disfrutéis de la nueva estación que ya está entre nosotros.